Una excursión a los indios Ranqueles

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Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles a los compañeros una mentira de a folio.

—¿Qué hay? —pregunté.

—Nada mi coronel —contestó Juan Díaz—; es Calixto, que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho —así dijo él—, con dos cabezas.

Hasta aquí, el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba que el muchacho —por no decir los muchachos— tenía los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

—Eres un gran embustero —le dije.

—Mi coronel —contestó—, embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

—¿Y en qué gaceta has leído eso?


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