Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mora seguÃa cabizbajo, a pesar del aire franco de los dos indios. No las tenÃa todas consigo. ¡Quién sabe qué va a suceder! decÃa a cada paso, y luego murmuraba: ¡Son tan desconfiados estos indios!
De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en esperanza, mi caravana se movÃa pesadamente, envuelta en una inmensa nube de polvo.
Mora decÃa: Los indios van a creer que somos muchos.
Yo seguÃa tranquilo; un secreto presentimiento me decÃa que no habÃa peligro.
Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe nacer del alma.
El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos, algarrobos y chañares.
Nos aproximábamos a una ceja de monte.
Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte, procurando descubrir algo.
Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo a la cumbre de los médanos, descendiendo a sus bajÃos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron: ¡Indios!, ¡indios!