Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mÃ, resolvà terminar aquella escena. Se lo dije a Mora, habló este, y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, a incorporarnos a mi gente.
Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos a un medanito; al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.
Mis oficiales y soldados no sabÃan qué hacerse con los indios; dábanles cigarros, yerbas y tragos de aguardiente.
—Achúcar (azúcar) —pedÃan ellos. Pero el azúcar se habÃa acabado, la reserva venÃa en las cargas, y no habÃa cómo complacerlos.
Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.
Con cada uno de ellos tenÃa lugar una escena análoga a la que dejo descrita, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos o refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo asÃ, de los unos contrastaba singularmente en la desvergüenza de los otros. Cuando ésa subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, a mi vez, y asà conseguà imponerles respeto a aquellos desgraciados o pillos, a quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.