Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Llegamos a Aillancó, y como allà hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie a tierra y mandé mudar caballos.
Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando un magnÃfico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, también de plata, y blandiendo una larguÃsima lanza, y dirigiéndose a mà y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: —Yo soy Bustos.
—Me alegro de saberlo —le contesté con disimulada arrogancia.
—Soy cuñado del cacique Ramón —añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo de su caballo.
—Soy el coronel Mansilla —repuse, imitando su postura, y añadiendo—: ¿Cómo está el cacique Ramón?
Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y a saber por qué razón habiendo llegado a sus tierras, pasaba de largo por ellas.
Le dije agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca; que el dÃa antes habÃa adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.