Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala espina el que a cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenÃa en el camino.
—No tenga miedo, amigo.
—No, no hay cuidado —contestaba yo.
Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé a engendrar sospechas, inclinándome a creer que habÃa andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre habÃa simpatizado conmigo.
Estábamos platicando, habiéndome dicho que habÃa nacido en el antiguo fuerte Federación, hoy Villa de JunÃn, que su madre fue india y su padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fue comandante de Guardia Nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, que pedÃan cuanto sus ojos veÃan, repartÃa cigarros, yerba, fósforos, pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel, y envueltos remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mÃ, que si hubieran dado un paso más me hubieran pisoteado.
Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeh!