Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncà el ceño y clavé la mirada en el que venÃa haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:
—¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! —y volviendo a señalarse a sà propio—: ¡Ese indio guapo!
Seguà mirándolo con torvo ceño.
Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron, algunas otras groseras, de calibre grueso.
Bustos me dijo:
—Montemos a caballo.
Lo tenÃa ahà cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del suelo y monté.
Mora me dijo, al hacerlo:
—Caniupán quiere hablar con usted, señor.
DÃjome por medio del lenguaraz:
Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; que sentÃa muchÃsimo no poder recibirme ese dÃa como yo lo merecÃa; que al dÃa siguiente me recibirÃa; que tuviese a bien acampar donde me encontraba.
Contestéle con la mayor polÃtica, resignándome a pasar la noche en Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.