Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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—No quiero galopar —le contesté.

Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios, llegasen galopando:

—¡Despacio!, ¡despacio! —les grité.

Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos quedamos atrás, formando otro.

Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme a su altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo y gritándoles a los míos: ¡al galope!, galopamos todos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán a la par mía.

El punto a donde nos dirigimos era la Laguna de Calcumuleu, que quiere decir agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de Aillancó y quedaba como a seiscientos metros de la orilla del monte de Leubucó.

De consiguiente, poco demoramos en llegar.

El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas, reduciéndose su mérito a tener vertientes de agua potable casi siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.

Al llegar, Caniupán me dijo:

—Aquí es donde dice Mariano que puede parar.

—Está bien —le contesté, haciendo alto, echando pie a tierra, y ordenando que camparan.


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