Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El indio vio desensillar los caballos, sacar las tropillas a cierta distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que de allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos, y se fue, a Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran por ahí, dispersos, a manera de espías, unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un rato, a Aillancó.
Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charqui había desaparecido. Fue menester apretarse la barriga, y seguir dándole a la yerba y al café.
Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del norte para el sur, del sur para el norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.
Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.