Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé a Camilo Arias, y le pregunté si habÃa habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habÃamos estado rodeados de espÃas. Me incorporé en el blando lecho de arena, dirigà la visual a derecha e izquierda; a la espalda y al frente, y en efecto, los que habÃan velado nuestro sueño estaban todavÃa por ahÃ.
Calentó el sol y empezaron a llegar visitantes y a incomodarnos con pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes RodrÃguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se quedarÃan en calzoncillos.
—Bueno es dar —les dije—, mas es conveniente que estos bárbaros no vayan a imaginarse que les damos de miedo.
Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debÃan observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenÃa al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con cajas destempladas.
Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo: cristiano malo, y se fue.
Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.
Le recibà con mala cara.