Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Manda decir el general que cómo está —me preguntó.
—Tirado en el campo, dígale —le contesté.
—Manda decir el general, que cómo le va, —añadió.
—Dígale —repuse— que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para volverse a su tierra.
—Manda decir el general —continuó— si se le ofrece algo.
—Dígale al general —contesté— echando un voto tremendo, que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que lo engañe.
El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oír aquella contestación; advirtiéndolo yo, agregué:
—Y dígaselo, no tenga miedo.
Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía ganas de seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso a partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después, de que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.