Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fue a pasar por entre los dos franciscanos que estaban descansando en el suelo como a dos varas uno de otro.

Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y empuñando mi revólver, dispuesto a todo:

—¡Eh!, ¡no sea bárbaro!, ¡no me pise a los padrecitos!

Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi en medio de los padres, contestó:

—Yo también sé.

—¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?

—No les iba a hacer nada —repuso.

—¡Con que no les ibas a hacer nada, bandido!

Calló, dio vuelta, les habló a los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.

¡Extraños fenómenos del corazón humano!

Algunas horas después de esta escena, a la que nada notable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:

—Mi coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.

El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera a mi vez.


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