Una excursión a los indios Ranqueles

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Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su cobriza tez, quemada por el aire y el sol.

—¿Y cómo fue eso? —le pregunté.

—¡Las mujeres! ¡Las mujeres, señor!, que no sirven sino para perjuicio —repuso.

—¿Y ahora no tienes mujer?

—Sí, tengo.

—¿Y cómo hablas tan mal de ellas?

—Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le gusta más.

—Bueno, prosigue —le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había predispuesto a todos en su favor, despertando fuertemente la curiosidad.

—Cerca de casa vivía otra familia pobre; éramos muy amigos; todos los días nos veíamos. Tenían una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo que nace de arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería, que si ella me quería a mí. Me contestó callada que sí.

—¿Y cómo es eso de contestar callada?

—Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que me puso que me quería.

—¿Y después?


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