Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo mismo.
Las mulas se habÃan caÃdo repetidas veces en los guadales del Cuero, y todo se habÃa mojado, a pesar de haber sido retobados en cuero fresco, con la mayor prolijidad, en el fuerte Sarmiento.
Yo estaba contrariadÃsimo; ya sabÃa por experiencia cuán delicado es el paladar de los indios, pues muchÃsimas veces se sentaron a mi mesa en el RÃo Cuarto, teniendo ocasión al mismo tiempo, de admirar la destreza con que esgrimÃan los utensilios gastronómicos, la cuchara y el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino a los labios.
Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo de Mariano Rosas.
ComÃa en mi mesa; el asistente que le servÃa le pasó la azucarera, y como el indio viese que no tenÃa cuchara dentro, echó la vista al platillo de su taza de café y como viese que tampoco tenÃa cucharita miró al soldado, y lo mismo que lo habrÃa hecho el caballero más cumplido, le dijo:
—¡Cuchara!
—Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú —le grité yo, cambiando miradas de inteligencia con todos los presentes, como diciendo: Positivamente, no es tan difÃcil civilizar a estos bárbaros.