Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el pucherete.
—A comer —llamé.
Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas los asientos preferentes, que giran al lado de los franciscanos y de mÃ.
Las dos chinas estaban hermosÃsimas, su tez brillaba como bronce bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas, caÃan graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecÃan de marfil; sus manecitas de dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy recortadas, estaban perfectamente aseados.
Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habÃan ido a la costa de la laguna, se habÃan dado un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habÃan pintado las mejillas y el labio inferior, con carmÃn que les llevan los chilenos, vendiéndoselo a precio de oro.
MarÃa, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se habÃa puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.
Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas lagunas, barro de color, plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo asà al sol, o dándole la forma de un bollo.