Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El chasqui estaba sabrosÃsimo —a buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo—, el pucherete suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.
Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.
Villarreal lo hizo hasta caldearse, término que, entre los indios, equivale a lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.
Llegó el turno del mate de café; no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé a tomar asiento en nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.
Hice acuerdos en ese momento de que no me habÃa informado el cabo conductor de las cargas de las novedades del camino; y aquel, no habiendo sido interrogado, nada me habÃa dicho al respecto.
Rumiaba si le llamarÃa o no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso habÃa ocurrido.
Me resolvà al interrogatorio, diciendo incontinente:
—¡Que llamen al cabo Mendoza!
—¡Mendoza! ¡Mendoza!, lo llama el Coronel —oyóse. Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.