Una excursión a los indios Ranqueles

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Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno para el norte y el otro para el sur, tomó la palabra el que venia de Leubucó.

¿Cuánto tiempo habló?

Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como cinco minutos.

¿Qué dijo?

Lo sabremos después.

Le contestó el otro en la misma forma y modo.

¿Qué dijo?

Lo sabremos también después.

Tres preguntas y respuestas se hicieron.

Le pregunté a Mora qué habían conversado.

Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado por mí; que el uno representaba a Mariano Rosas y el otro me representaba a mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir.

—Pero, hombre —le observé—, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?

—Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos lenguaraces, —oradores quería decir.

—Pero hombre —insistí—, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han de haber hecho más que saludarme?

—Mi Coronel, es que las razones que traía el parlamento de Mariano las ha hecho muchas más, y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar mal.


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