Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Lo cruzamos al trote, azotando las ramas caballos y jinetes; al salir de la espesura, piqué el mÃo con las espuelas, y diciéndole a fray Marcos: —Oiga, padre —me puse al galope seguido por el buen franciscano, que no tenÃa entonces, como no tiene ahora, para mà más defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.
El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oÃr de nuestra conversación.
El padre tenia su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir a los indios por su gusto o vivir cautivos entre ellos.
Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe púnica de los indÃgenas. Me hizo sobre el particular las más benévolas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: «Bien, coronel; pero cuando usted se vaya, no me deje a mÃ, usted sabe que soy misionero».
Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde a la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.