Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Asà seguÃamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, cuando divisamos en dirección a Leubucó unos polvos que momentáneamente fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traÃa preocupada en tan alto grado.
No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante crecido de indios que al gran galope se dirigÃan hacia nosotros. Tienen ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil confundirlos con otra cosa.
Volvimos, pues, a fijar la vista en la nube aquella que nos habÃa ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un cÃrculo inmenso y como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos. Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse varias voces:
—¡Aquellos andan boleando!
—¡Aquellos vienen para acá!
Mora me dijo:
—Esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene a saludarlo.
Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabaran algún dÃa los cumplidos!
Caniupán me dijo:
—Esa comisión grande viniendo a topar.