Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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—Bueno —le contesté, y señalándole a la izquierda, preguntéle—: ¿Qué es aquello?

El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y me contestó:

—Boleando guanacos.

Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que estrechada poco a poco por los boleadores, venía a llevarnos por delante.

—¡Cuidado con las tropillas! —le grité, y haciendo alto las rodeamos, porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.

La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo…, la masa enorme de guanacos, rompiendo la resistencia del aire, pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron los indios revoleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo punto, que parecía ser una planicie que quedaba a nuestra derecha.

Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se hizo la luz, volvimos a ponernos al galope.

Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento que venía.


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