Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano a todos. Eran unos ochenta, entre ellos habÃa muchos cristianos.
A cada apretón de manos, a cada abrazo, me aturdÃan los oÃdos con hurras y vÃtores.
Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.
Mezcláronse los indios que habÃan venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando a poco andar otros polvos.
—Ese otro comisión —me dijo Caniupán, señalándomelos.
—Me alegro mucho —le contesté, diciendo interiormente: A este paso no llegaremos en todo el dÃa a Leubucó.
SubÃamos a la falda de un medanito, y Mora me dijo:
—Allà es Leubucó.
Miré en la dirección que me indicaba, y distinguà confusamente a la orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderÃas de Mariano Rosas.
Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.