Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Duró lo bastante para fastidiar a un santo.
El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa.
Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de hacer de una razón quince razones.
El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en zaga.
Así fue que no me valió acortar mis contestaciones.
Mi representante se dio maña para multiplicar mis razones, tanto como su interlocutor multiplicaba las suyas.
Mariano Rosas me mandaba decir:
Que se alegraba mucho de que fuera llegando a su toldo (1º razón).
Que cómo me había ido de viaje (2º razón).
Que si no había perdido algunos caballos (3º razón).
Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4º razón).
A estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.
Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo con las mías.