Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Ese comisión ahorita topando.
—Ya lo veo —le contesté.
Galopamos algunos minutos —hicimos alto viendo que los que venÃan se habÃan parado— y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios, continuamos la marcha.
A una indicación de corneta, Caniupán me dijo:
—Ahora topando ya, hermano.
Y como de costumbre, lanzóse a media rienda, dándome el ejemplo.
Esta vez Ãbamos a toparnos a todo correr en medio de una espantosa algazara que hacÃan los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.
El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponÃa a todos a una tremenda rodada. No podÃamos marchar en formación. Nos desbandábamos y nos unÃamos alternativamente. Los pobres frailes, encomendando su alma a Dios, me seguÃan lo más cerca posible. Muchos rodaron, apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.
Las dos comitivas avanzaban, Ãbamos materialmente a toparnos ya, cuando a una indicación de corneta sujetaron los que venÃan y nosotros también.