Una excursión a los indios Ranqueles

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Siguióse una escena igual a la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez todo fue más soportable, porque mientras los oradores multiplicaban sus razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán Rivadavia que había salido a mi encuentro.

Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba hacía tres meses entre los indios.

Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida ha sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo en extranjera playa o en regiones apartadas y desconocidas, desiertas e inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces, podrá solo comprender mis impresiones.

Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla ni nervio en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, escaramuceando, rayando los caballos, ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera fiesta, una fantasía a lo árabe.


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