Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Asà desparramados, dispersos, jineteando, marchamos un largo rato, viendo darse de pechadas mortales a unos, rodar a otros, haciendo éstos bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna pirueta.
A un toque de corneta se reunieron todos, y formamos como antes lo expliqué, aumentando las alas los recién llegados.
Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.
Su toldo estaba ahà cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.
Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:
—Caminando poquito, hermano —dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.
Tuve que conformarme con su indicación. Recogà mi caballo e igualé el paso del suyo.
Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:
—Parando, hermano.
Le habló a Mora en su lengua y éste me tradujo: que debÃamos echar pie a tierra y esperar órdenes.
El lector juzgará si habÃa motivo para rabiar un rato.