Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Ni una palabra de mi lengua entendía éste.

Era calculado.

Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para contestar sí o no.

Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito; se nos examinaba prolijamente.

Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo leyendo en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el espíritu maligno, el gualicho.

Habló el representante de Mariano Rosas.

Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que se alegraba tanto de verme llegar bueno y sano a su tierra; que estaba para servirme con todos sus caciques, capitanejos e indios, que aquel era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.

Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles unos cuantos cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie de Rigoletto; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y prorrumpían en alaridos de regocijo.

Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático, por el órgano de mi lenguaraz, que a su turno se dirigía a un representante que me había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante en que nos movimos de Calcu-muleu.


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