Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no habiéndolos engañado jamás ni tratado con disimulo, sino asà tal cual Dios me ha hecho: bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones habÃan adquirido una confianza plena en mi palabra.
¡Cuántas veces no llegaron a mis oÃdos en el RÃo Cuarto estas palabras proferidas por los indios en sus conversaciones de pulperÃa: «Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio».
Llegó por fin el dÃa y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, sans adieu!, y desearme feliz viaje. Ellas creÃan quizás interiormente que no volverÃa. El cariño, la simpatÃa, el respeto exageran el peligro que corren o deben correr las personas que no nos son insuficientes. Hay más miedos en la imaginación que en las cosas que deben suceder.
Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un toque de corneta inusitado a esa hora: llamada redoblada.
En el acto cundió la voz: ¡los indios!
Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.
Los soldados corrÃan con sus armas a las cuadras.