Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable: que quien sabe sufrir y esperar, a todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre lo busca, le halla.
Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra impaciencia febril.
La solidaridad humana es un hecho tangible, en política, en economía social, en religión, en amistad.
La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de todos: hoy por ti, mañana por mí.
Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquel que, violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha enteramente con el borrón de la ingratitud.
Dante coloca a estos desgraciados en el cuarto recinto del último infierno.
A los que entran allí —Vexilla regis prodeunt inferni—, los estandartes de Satanás salen a recibirlos y la cohorte diabólica empiedra con sus cráneos la glacial morada.
¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en nuestro camino!
La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas es una prueba de ello.
Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía.