Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la mitad de la batalla ganada.
Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil, y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente despejada, nariz afilada, labios gruesos bien delineados, pómulos salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos, estatura regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.
Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución. VestÃa bota de potro, calzoncillo cribado con fleco, chiripá de poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta colorada; al cuello tenÃa atado un pañuelo de seda amarillo pintado de varios colores; llevaba un facón con un cabo de plata y unas boleadoras ceñidas a la cintura.
Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es cautivo ni refugiado polÃtico.
Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.