Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Aquello era una madeja que no se podÃa desenredar y a más habÃan dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. DecÃan que ella era mi tapadera y yo la del juez.
“Una noche casi me desgracié con mi suegro.
“Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.
“Era una picardÃa: porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.
“Trabajaba como un macho todo el dÃa, y rezar era su vida.
“Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera. Adentro habÃa otra cosa.
“Yo prudenciaba, porque mi madre me decÃa siempre:
«Tené paciencia, hijo».
—¿Y la Dolores? —le pregunté.
—Siempre la veÃa, mi Coronel —me contestó.
—¿Y cómo hacÃas?
—Ahorita le voy a contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.
“Yo iba casi todas las noches obscuras a casa de la Dolores.
“Saltaba la tapia y me escondÃa entre los árboles de la huerta, y allà esperaba hasta que ella venia.