Una excursión a los indios Ranqueles

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«En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucurá tiene veinte. ¡Qué indio bárbaro!».

—¿Y tú, cuántas tienes?

—Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad

—¿Cómo es eso?

—Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.

«Ya verá lo que dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué cree entonces que a los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues».

Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:

—¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?

—Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.

“Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con la Dolores.

“Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.


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