Una excursión a los indios Ranqueles

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“Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia[*1] a andar como mi padre y mi madre.

“Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.

“Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre dándole la razón a la hija.

“Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro, calavera, pobretón.

“Me daba rabia y no volvía en muchos días; me lo llevaba comadreando por ahí, y era peor.

“Así es el mundo.

“De yapa, cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.

“Me daba rabia y poco a poco le iba perdiendo el cariño.

“Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, a escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.

“Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora…

“Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.

“Lo que suele faltar es plata.


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