Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.
“Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos enfrente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse se presentó el que le llevaba la pluma al juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.
“Le mandaron a mi madre que saliera y tuvo que irse.
“El juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó, que si confesaba que yo era el que había muerto al otro juez.
“Me quedé suspenso; podían descubrir a mi padre y yo quería salvarlo.
«¿Para qué es un hijo mi Coronel, no le parece?».
—Tienes razón —le contesté.
—No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
“El escribano me volvió a preguntar que qué decía.
“Le contesté que yo era el que había muerto al otro.
—¿Por qué? —me dijo.
“Me volví a quedar sin saber qué contestar.
“El escribano me dio tiempo.