Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponÃan unas cosas tan tristes!, ¡tan tristes! en la cabeza, que a veces me daba miedo la muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no morÃa morirÃa mi padre, y eso me daba aliento. ¡El viejo habÃa sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habÃamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas.
¡Cómo no lo habÃa de querer, hasta perder la vida por él; la vida, que, al fin, cualquier dÃa la rifa uno por una calaverada o en una trifulca, en la que los pobres salen siempre mal!
“¡Qué ganas de tener una guitarra tenÃa, mi Coronel!
“En cuanto me volvieron a poner comunicado fue lo primerito que le pedà a mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.
“Los de la partida venÃan a oÃrme todos los dÃas, y ya se iban haciendo amigos mÃos. Si hubiera querido fugarme, me fugo. Pero por no comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me decÃan siempre:
—Nos nos vayas a comprometer, amigo.
“Siempre que mi vieja iba a visitarme, me lo repetÃan; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar a gusto con ella.