Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Ya me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me dejaban dormir ni de día ni de noche.
“Aquello no era vida.
“Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
“Me condenaban a muerte; vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los dotores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubierto que yo no era el asesino del juez, aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la partida de Caseros, o hablan sino de la Constitución!
“Será cosa muy buena. Pero los pobres, somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.
“Si el juez me hubiera muerto a mí en de veras, ¿a que no lo habían mandado matar?
“He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
“El escribano me dejó solo.
“Pasé una noche como nunca.