Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Iba a salir, la agarré de las polleras, y a la fuerza se quedó.
“Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.
—Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte de un hombre. Cuando más alegre anda, lo friegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva. Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.”
—Y has hecho bien —le dije—. Dios no abandona nunca a los que creen en él.
—Así es, mi Coronel; por eso esa vez y después otras, me he salvado.
Cedió a mis ruegos y se fue diciendo:
—Esta noche le voy a poner velas a la Virgen y ella nos ha de amparar.
«Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperanza: me salvó».
Miguelito hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
¡Filosofando!
Sí; filosofar es creer en Dios o reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino a la protección misteriosa, omnipotente, de la religión.