Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Desde ese instante formaba la resolución valiente de medÃrmelas con él.
SalÃa de mi casa y llegaba al sitio crÃtico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo.
En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocÃa; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraÃa las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.
Eso solo bastaba para que yo embolsase mi violÃn. Avergonzado de mà mismo, pero diciéndome interiormente: «El miedo es natural en el prudente», cambiaba de rumbo, rehuyendo el peligro.
Un dÃa me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé a ver si temblaba.
Estaba entero, me sentà hombre de empresa, y me dije: pasaré.
Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón.
¡Miserable!, temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón; pero fue en vano.
Yo no era hombre, ni soy ahora capaz de batirme con perros.
Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuzcos o pelados.