Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.
Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.
Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia y se plantó como diciendo: descarga tu arma y después veremos.
¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?
Probablemente no.
Era manso, yo lo averigüé después.
Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.
No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, a falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.
Cualquier caballo, mula, jumento o perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.
Los pájaros se trasladan todos los años de un país a otro, emigrando a más o menos distancias, según sus necesidades fisiológicas.
Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia, vuelven a la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.