Una excursión a los indios Ranqueles

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Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le pedí, haciendo un viaje para enormes monolitos y cubiertas de pantanos, por doncada cosa, como que tenía que revolver las alforjas para hallarlas.

Hice mi estudiosa toilette, lo más despacio que pude.

Mientras tanto, varios curiosos, ebrios a cual más, llegaron a mi puerta y estuvieron observando.

Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me dijo:

—Dice mi padre, ¿que cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado la noche, que cuándo va, que está medio caldeado y tienes ganas de rematarse con usted?

Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y asegurando que no tardaría en presentármele al General.

Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas granaderas.

El negro explicaba como perito aquella operación.

El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del sur de Buenos Aires, soldado del general Rivas, desertor, y conocía bien los usos y costumbres de los cristianos civilizados.

Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes.


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