Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles VolvÃa yo a estudiar qué postura se adaptarÃa más a la cama que me habÃan deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra vez. ¡Quimera!
Mi verdadera bestia negra habÃa ido y vuelto.
—¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla! —me gritó.
—¿Qué quieres? —le contesté con mal humor, sin moverme.
—Aquà está el hijo del General.
Esto era ya más serio.
Me incorporé.
—¿Qué se ofrece, hermano? —pregunté.
—Dice mi padre que vaya —me contestó.
—¿Qué vaya, ahora?
—SÃ.
Llamé a Carmen, mi fiel ministril; le pedà agua para lavarme, luz, peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podÃa ser un pretexto para demorarme y ganar tiempo, a ver si venÃa el dÃa.
OÃa el ruido de la orgÃa nocturna, y no me hacÃa buen estómago la idea de tomar parte en ella a obscuras.
Según mi costumbre en campaña, dormÃa vestido, desnudándome de dÃa por la higiene y otras yerbas.
De un salto estuve en pie.