Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Nuevo Baltasar, yo marchaba a la conquista de una ciudad poderosa, contra el dictamen de mis consejeros, que me decÃan: Allà no penetrarás victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con de es imposible que pase tu carreta.
Tenaz, como soy en sueños, no querÃa escuchar la voz autorizada de mis expertos monitores. Me habÃa hecho aclamar y coronar por aquellas gentes sencillas, habÃa superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por qué no habÃa de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización decrépita?
Por otra parte, yo habÃa nacido en esa egregia ciudad y ella iba a enorgullecerse de verme llegar a sus puertas, no como AnÃbal a las de Roma, sino cual otro valiente Camilo.
Por aquà iba, medio despierto, medio dormido, cuando volvieron a hacerme sentar en la cama, llamando a mi puerta.
—¡Coronel Mansilla!
—¿Qué hay? —pregunté.
El malhadado negro contestó:
—Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?
—Hombre, dile que mañana le contestaré.
El mensajero contestó no pude percibir qué.
Una baraúnda repentina ahogó su voz.