Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía fin, al grito infernal de: ¡pape satán! ¡pape satán alepe! Mi traje consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente a manera de antiguo capacete.

La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para todos, menos para mí, quería ponerme una paja. Yo le miraba como diciéndole: basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué hacer.

Una escolta formada en zigzags, me precedía, cubriéndome la retaguardia. Indígenas de todas las Castas australes se veían allí: ranqueles, puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos, aquellos en avestruces, muchos a pie, varios montados en cañas, infinitos en alados cóndores.

Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, a lo gaucho, a la francesa, a la inglesa, a lo Adán los más. Cantaban un himno marcial al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras Lucius Victorius Imperator, resonaban con fragor en medio de repetidas ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!


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