Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Representaba un coloso como el de Rodas. TenÃa un pie en la soberbia cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar a descifrar que decÃa: mené, thekel, phare[14]. Con la otra blandÃa una espada de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecÃa como meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decÃan: In hoc signo vinces.
Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio eterno de un faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel de pieles de carnero.