Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una lÃnea mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho.
La cara desapareció.
HacÃa frÃo, helaba en los primeros dÃas de abril, tenÃa pocas cobijas, no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios, tanteando en las tinieblas cogà la punta de algo que debÃa ser jerga o poncho, tiré y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo fangoso, despojé a un prójimo de una de sus pilchas.
Me la eché encima, me envolvÃ, me acurruqué bien, me tapé hasta las narices y comencé a resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad.
Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Asà no más no se evaporan. VeÃa como envuelta en una bruma rojiza la visión de la gloria.
El espÃritu maligno se cernÃa sobre ella.
Yo era emperador de los ranqueles.
HacÃa mi entrada triunfal en Salinas Grandes.
Las tribus de Calfucurá[13] me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien leguas de la fama. Me habÃan erigido un gran arco triunfal.