Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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—¡Coronel Mansilla! —volvieron a decir.

Al fulgor de la luz estelar; columbré una cabeza negra, motosa, y entre dos fajas rojas, resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes.

Era el negro del acordeón.

Para serenatas estaba yo.

Me hizo el efecto de Mefistófeles.

—¡Vade retro, Satanás!— le grité.

No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro a esas horas y al lado del toldo de Mariano Rosas!

—Mi coronel Mansilla —fue su contestación.

—Vete al diablo —repliqué.

—Me manda el general Mariano.

—¿Y qué quiere?

—Manda decir, que ¿cómo le ha ido a su merced (textual), de viaje; que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche; que si ha dormido bien?

Me pareció una burla.

Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.

—Dile que de viaje me ha ido bien; que a caballos, Wenchenao me ha robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca.


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