Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces, orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña, deprimida en la punta, de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y acentuadas: una boca de labios delgados que casi nunca muestra los dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuáles hay siempre unas rayas perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su fisonomía bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano.
Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé.
Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación. Apoyando unas veces a Ramón contra Baigorrita y otras a Baigorrita contra Ramón, su predominio sobre ambos es constante.