Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Pero, ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene, cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al terminar mi carta anterior.
Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de aguardiente en la mano.
—Yapaí, hermano, le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.
Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago. La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía a torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas. No veía nada. Se me figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando vueltas a la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas, bascas agrias como vinagre, una desazón e inquietud imponderables me devoraban.
Pasó el mareo.
Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso, picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac.