Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las probabilidades están en contra, yo me hallaba en una de ellas.
Para remate de fiestas, Mariano querÃa loncotear conmigo ¡loncotear a las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano! Me defendà como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo que loncotear era imposible, le dio por agarrarme de los hombros con entrambas manos sacudiéndome con todas sus fuerzas atléticas unas veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano!, ¡hermano!, me decÃa con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenÃa y le rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mÃo podÃa hacerle dar un traspié. Y si se caÃa de narices, quién sabe si sus comensales no me hacÃan a mà lo que los arrieros a don Quijote.
Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado, despachurrándose.
Abrazóse de mà con sus membrudos brazos. Temà algo. Le busqué el puñal, lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él, y asà permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera, yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos volvÃamos a abrazar. Tornábamos a separarnos y en cada atropellada que me hacÃa metÃame las manos por la cara.