Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Yo estaba tentado de llamar a mis oficiales y asistentes, porque francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo. Cierto es que allà no habÃa perros que me asustaran, mas es que tampoco habÃa miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que despertaba en mà era el de la conservación.
De aguardiente no quedaba ya sino el olor.
La chusma querÃa rematarse.
—Dando más aguardiente, Coronel —me decÃan.
—Otro poco, hermano —me dijo Mariano.
Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:
—Vamos, mi Coronel —me dijo.
Comprendà que querÃa sacarme de allÃ. Lo seguÃ. Los indios se echaron al suelo, unos sobre otros, todos revueltos.
Miguelito me llevaba en dirección a mi rancho. Iba a amanecer. El cielo se habÃa cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaba al través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el equilibrio. Llegamos a la puerta de mi rancho. Miguelito alzó el cuero.
—Entre y descanse —me dijo—, mi Coronel. Yo voy a entretenerlos a aquellos.
Entré. Detrás de mà entró una sombra.