Una excursión a los indios Ranqueles

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El negro frunció la frente, y con voz y aire irrespetuoso:

—No me trate mal porque soy negro y pobre —me dijo.

—No seas insolente —le contesté.

—Aquí todos somos iguales —repuso—, agregando algo indecente.

Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole: ahora verás, iba a darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me contuvo, diciéndome:

—No le haga caso, compadre, a ese negro borracho.

Dirigióse a él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto de pie, volvió a sentarse, diciéndome:

—Dispense, su mercé.

—¡Estás dispensado —le contesté—, pero cuidado con volver a tratarme como me has tratado!

Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una lima de acero que raspa los dientes.

Tuvo que renunciar a su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella tierra.


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