Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles ¡Ah!, esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un tÃtulo modesto que no puede reivindicar todavÃa; es haber cumplido con los indÃgenas los deberes del más fuerte. Ni siquiera clementes hemos sido. Es el peor de los males.
La presencia de los franciscanos no fue un obstáculo para que siguiera funcionando el acordeón.
Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su familia.
En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso a mi lado.
—Mira, le dije al oÃdo, si sigues tocando, en cuando llegue al RÃo Cuarto mandaré lo que te dije, el organito para Mariano.
Me miró como diciéndome: «por piedad, no»; y haciendo callar el instrumento y dirigiéndose a Mariano, le dijo:
—Ya está todo pronto.
Mariano me invitó entonces a pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó el camino.
Le seguÃ, dejando a los franciscanos con las visitas en la enramada. Entramos.
Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos, que eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrin, estaban sentados en rueda.
A cierta distancia habÃa un grupo de cautivas.